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Hachazos

Notas insuficientes sobre una película (deliberadamente) insuficiente (Parte 1)

1 ¿Quién es Claudio Caldini?
Sobre todo en el comienzo, hay serenidad en la mirada que se posa para contemplar. Un tiempo de la imagen y del sonido. De la observación de los gestos cotidianos y de la atmósfera plácida del entorno suburbano. Lavar los platos. Reflejos en el agua. Apilar troncos. Un avión que cruza el cielo con un altavoz publicitario. Algún atardecer. Mirar la lluvia. La construcción de un tiempo que es un puro presente, pero que a su vez denota claramente que es un después. Un después de muchas cosas, victorias o derrotas, batallas perdidas, búsquedas obstinadas, viajes desatinados, soledad y desencuentros. Una especie de regreso. Mucho se puede intuir pero es poco lo que se sabrá ciertamente del pasado de ese puro presente ahora sereno. ¿Quién es o quién ha sido a fin de cuentas Claudio Caldini? Ahora ese hombre tranquilo que cuida una casa quinta ajena (y cuya pesadilla recurrente es la pérdida de ese espacio o el de la casa de la infancia), y que vuelve a filmar después de mucho años de inactividad, parece no habilitar del todo la posibilidad de dejar que se construya su historia. Ha vivido y se ha extraviado en la India. Ha habitado 36 lugares. Y ha sido y es, cabe aclarar, una de las figuras fundamentales del cine experimental argentino.

En uno de los más bellos y sensibles diálogos que mantienen, Andres Di Tella, director de Hachazos, le pregunta:
“¿Vos sos un tipo difícil?
Ríen, comentan, Caldini dice que sí y siguen el diálogo con cierta gracia; finalmente contesta:

En esta situación no hay dificultades, pero si estás diez años en una ciudad sin casa, sin trabajo, sin dinero, uno se vuelve un poco insoportable”.

El breve silencio posterior, con su mirada extraviada más allá de la lluvia, es uno de los momentos más bellos y elocuentes de Hachazos.

2 – Negociación asimétrica entre dos cineastas
Claudio Cladini, el retratado, objeta en varias ocasiones las decisiones narrativas de Andrés Di Tella (“Estas conversaciones no están bien organizadas… A vos te gustan, a mi no…”). Un par de veces también se niega a recrear momentos ficcionales; esa ficción no le pertenece, no es su historia, es la imagen de esa historia que se ha construido el mismo Di Tella, pero no la suya. La valija cargada de películas que el Di Tella pretende que él lleve en un tren no es “su” misma valija, o al menos no lo es en la medida en la que se pretende mostrar en la película. No hay pacto. La negociación no se produce. Sin embargo, sobre el final, veremos a Claudio Caldini en un tren cargando esa valija con sus filmes S8. La cuestión allí es que ese único encuadre no deja ver el rostro de Caldini. Es claro, podría ser cualquier persona participando de esa puesta en escena. Andrés Di Tella logró su “imagen” y la utilizó, pero esa victoria es también el sello de una derrota. Una imagen insuficiente que sólo representa la imposibilidad de lograr la que en realidad buscaba. En Hachazos, la interacción entre dos cineastas conscientes del juego en el que participan, evidencia esa asimetría, ese campo del dominio, ese territorio de la imposibilidad de llegar al otro de otro modo que no sea el de mostrarse uno y tergiversar, en cierta medida, la historia (el retrato en su interacción inevitable con el autorretrato). Así esa evidencia, ese rastro dejado en los diálogos, en las negativas y en las repetidas objeciones que Caldini le hace a Di Tella, son una cuestión de sinceridad y de respeto. La evidencia de una imposibilidad. De cualquier modo, como afirma Caldini en un pasaje de la película: “En el cine tratamos de mostrar con imágenes lo que las imágenes no pueden mostrar”. Maravillosa consciencia compartida de los límites del cine, de su fracaso permanente. Y de lo bello de ese gesto siempre desmesurado.

3 – Las películas invisibles
¿Quién ha visto las películas de Claudio Caldini? ¿Quién sabe de su obra? ¿Quién sabía de la existencia de Caldini y de los otros que han participado en los 70 en aquel Grupo Goethe? Hachazos (la película, porque también hay un libro homónimo del mismo Andrés Di Tella) no profundiza en la obra experimental de este realizador. Se la ve apenas. Y se habla poco de cine. Aún después de haber visto la película, sus obras y sus conceptos continúan siendo un misterio casi inaccesible. Insuficiencia y logro. Debilidad y fortaleza. Fracaso y victoria. Esta película construida a hachazos rinde cuentas insuficientes tanto de una vida como de una obra, pero en ese transcurso deja planteada esa misma cuestión fundamental que moviliza a Di Tella: “Las imágenes de Caldini me hacen pensar que el cine puede ser otra cosa”. Y eso se hace claro, las verdaderas expresiones están siempre en otro lado. Nunca nos son ofrecidas confortablemente para ser consumidas con comodidad y sin riesgo. Hay que buscarlas y encontrarlas allí, en los lugares menos pensados, en los territorios más ásperos, en esos rincones oscuros pero vitales en los que la vida y la obra se vuelven una misma cosa, tan bella como misteriosa. El cine, siempre, ha sido otra cosa.

Gustavo Galuppo
El Séptimo Continente
Cine Escrito

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